Sábado 17 de Mayo de 2008
Verónica Espinoza, pareja de Gerardo Rocha:
Sabía que vivía con un enfermo
En su primera entrevista, revela los dramáticos momentos que vivió junto al dueño de la Corporación Santo Tomás, explica su verdadera relación con el martillero Oliva, acusa a Dante Yutronic de "movilizar toda esa paranoia de Gerardo" y relata, paso a paso, cómo se desencadenó la tragedia que terminó con la vida de dos personas.
Por Sabine Drysdale
Ha pasado una semana desde que murió Gerardo Rocha, su pareja de los últimos diez años y padre de sus tres hijos. Verónica Espinoza (34) está sentada en el amplio y sobrio living de su departamento de San Damián, vestida casi completamente de negro. Su pelo está tomado en un moño alto y apenas usa un poco de rímel en sus ojos azules. El dolor traspasa su mirada, aunque está tranquila. Juega con un paquete de pañuelos desechables.
Por primera vez acepta contar los detalles íntimos de la tormentosa relación que la unió con quien llama "el amor de mi vida". Lo hace con su voz delgada, susurrante, como si fuera de niña. "Él decía –y me ha servido mucho en estos días– que no importa lo que la gente opine, sino que hay tener una meta final y poder alcanzarla. No importa que los demás no se den cuenta de lo que uno pretende alcanzar o que te ofendan, tú tienes que tener tu sueño y salir adelante".
–¿Cuál es su sueño, hoy?
–Mi sueño –se quiebra– era con Gerardo. formar una familia, ser sicóloga, educar bien a mis hijos. Ahora me queda sólo parte de ese sueño.
–¿Se sintió incómoda en el funeral ocupando un segundo plano?
–No me gusta figurar. Además, Gerardo ya no estaba. Qué iba a hacer yo. Para qué.
Durante la entrevista sólo interrumpen las voces de sus hijos Jorge (8), Catalina (6) y Esteban (2), que juegan en el salón contiguo.
"En el colegio han sido un amor, desde la directora que citó a los profesores para armarles una burbuja a los niños; los papás que se pusieron de acuerdo para que sus hijos no vieran noticias. Fue súper lindo, porque empecé a tener redes de apoyo que antes no tenía", dice.
Mientras vive el duelo, también ha estado pendiente del futuro económico de sus hijos. Contrató al abogado Darío Calderón, no para pelear, dice, sino que para que la ayude a ordenar las platas, que durante los 74 días que Rocha agonizó, estuvieron en control de la familia Rocha Haardt: la ex esposa Carla, de quien nunca se divorció, y sus dos hijos, Karla y Gabriel.
"Yo no quiero vender, ése es mi deseo", asegura Verónica sobre el porcentaje que heredarán sus hijos en la Corporación Santo Tomás, donde los Rocha en conjunto controlan 70 por ciento; un imperio educacional avaluado, como piso, en cien millones de dólares.
"Quiero continuar con el sueño de Gerardo porque en estos últimos diez años yo lo acompañé y sé cuáles son sus aspiraciones y temores", asegura.
–¿Ha podido acercarse a los Rocha Haardt?
–No. Siempre hubo distancia. Aunque hubo gestos de la Karla hija que fueron lindos, cuando en la misa se le acerca a mi hijo Jorge y le dice que es su hermana.
En lo inmediato, quiere cambiarse a una casa más chica y con jardín. "Quiero salir un poco de aquí para evitar los recuerdos", dice. En el departamento de San Damián pasaron, recuerda Verónica, buenos y malos momentos que terminaron el 21 de febrero cuando Rocha, presa de los celos, provocó un incendio y mató al martillero Jaime Oliva, crimen que terminó por costarle la vida a él.
CON GERARDO ROCHA se enamoraron conversando. Por las tardes, después de que ella salía de su trabajo en un banco, se juntaban en su oficina. La había contratado como psicóloga para que lo ayudara en un nuevo proyecto educativo. Discutían. "Nunca lo halagué. Él no podía entender cómo yo no veía lo grande que era. Me decía tú no sabes quién es Gerardo Rocha. Le cuestionaba sus teorías religiosas. Además tenía cierta impresión de él como un comerciante de la educación y se lo decía. A él le parecía extraña esa actitud mía", recuerda. Era mayo de 1998.
–¿En esa época él aún vivía con su señora Carla Haardt?
–Sí. Y eso fue difícil para ambos y originó muchas discusiones. Pero insistía en llamarme.
–¿Usted no quería?
–Claro, yo estaba pololeando, planeaba casarme. Pero me conquistó. Me encantaba cómo me miraba, cómo se ponía nervioso. Él se enamoró y yo también.
–¿Cómo lo afectaba a él esta situación?
–Gerardo estaba muy complicado, más que nada por la institución, él estaba casado, por la imagen. Su proyecto estaba muy relacionado con la Iglesia. Pero no así por la relación. Siempre me dijo que había terminado hace mucho. Lo otro es que adoraba a sus nietos y eso le generaba mucho conflicto. Él siempre me decía: Yo te amo más que la razón. Por la razón no me puedo enamorar de ti.
–¿Y usted cómo reaccionaba?
–Al principio sufrí mucho por esa indecisión. Estaba en una etapa en que tenía sueños personales y profesionales y con esta relación todo se truncaba, tenía que estar oculta; él era celoso. Fue una situación injusta.
–¿Era muy egocéntrico?
–No egocéntrico, sino que trataba de tener el control de las situaciones. Le faltaba un poco de empatía con los problemas de los demás, pero también tenía la habilidad de ver a las personas en su potencial. Él tenía un desarrollo intelectual mayor que el resto. Pertenecía a Mensa, una organización de gente con un CI superior.
–¿Sabe cuál era su CI?
–Ciento cincuenta. Casi genio.
EN ESE TIEMPO, Verónica arrendaba un pequeño departamento en la calle Encomenderos, cerca de la oficina de Rocha. Ahí se juntaban. "Él se fue definiendo en lo que quería como al año de relación. Ahí tuvo claro que quería pasar su vida conmigo".
–¿Cómo se enteró la familia de su existencia?
–Por terceras personas, y la señora empezó a sospechar. Él tenía conductas raras, porque en la noche estaba conmigo, a veces partía en la mañana.
–¿Usted sabía de la historia de violencia intrafamiliar que acarreaba?
–Tenía una vaga idea. Sabía que le había pegado a la primera señora, porque había salido en los diarios. Me contaron, pero creí en la versión de él: que ella había sido infiel, que le pegó y que estaba súper arrepentido y que nunca más lo haría, que sufrió mucho por hacer eso, por agredir a otra persona.
–Más tarde le tocaría a usted. ¿Cuándo fue el primer episodio?
– En 2004. Gerardo siempre se ponía celoso si alguien me saludaba, si me tocaba el brazo al saludarme, si me daba un beso cerca de la boca, o si yo me reía un poco más con alguien. Yo no podía andar con polerita con tirantes, decía que era andar insinuando, mostrando el cuerpo. Fue por una situación de ese estilo que empezamos a discutir. Siempre me amenazaba con que se iba a ir y le dije yo también me voy. Me fui al cine sola y él se enojó. Se puso violento. Me insultó, me agredió físicamente. Y como era muy culposo cuando me vio llorando me dijo yo te llevo a los Carabineros. Él me llevó a la comisaría de Las Tranqueras a dejar constancia. Se quedó afuera esperándome.
–¿No le pareció raro?
–Sí, súper raro. Y después tuve que ir a constatar lesiones a la Clínica Alemana y también me llevó.
–¿Qué lesiones?
–En la nariz, se me desvió el tabique un poco y tenía unos hematomas en el cuerpo –dice con la voz casi inaudible.
–Fue fuerte.
–Sí –titubea –. Por suerte los niños no estaban ese día en la casa, estaban con mi mamá.
Al día siguiente, Rocha siguió con la violencia. Verónica sintió fuertes dolores de cabeza y su mamá la llevó a la Clínica Las Condes. Quedó hospitalizada. Los doctores no dejaron entrar a Rocha y él se enfrascó en una pelea con ellos.
–¿Se imaginó que pudiera reaccionar así?
–No. Siempre lo veía que mandaba mucho, que era muy agresivo, pero siempre pensé que era la actitud que él tomaba con las personas porque estaba acostumbrado a mandar.
CUANDO YA ESTABAN VIVIENDO juntos, Verónica se embarazó de su primer hijo. "Fue bien triste mi primer embarazo", admite. Rocha seguía conflictuado por esta relación "ilegal, pero incontrolable" como la describe. "Me decía, ¿y si no es mío? Cosas que otra gente le metía en la cabeza, o también que yo podía estar con él por plata. Él no podía entender que yo lo podía querer si no era por la plata. Era súper inseguro".
Cuando nació su hijo Jorge, Rocha no lo reconoció. Lo hizo mucho después como regalo del Día de la Madre. Sin embargo, después de ponerle su apellido y cuando la guagua tenía unos siete meses, le pidió un examen de ADN. "Cuando supo (el resultado) se puso contento, fue como que pudo amar confiadamente".
–¿No le parecía raro todo esto?
–Sí. Me daba cuenta, pero siempre pensé que con un buen tratamiento iba a salir adelante, porque era una persona que había sufrido mucho en la vida.
–¿Cuáles fueron sus grandes sufrimientos?
–Su niñez. Decía que su mamá se dedicó mucho a su trabajo, porque era una mujer muy inteligente, muy buena educadora. Pero el hecho de que no estuviera en la casa lo afectó. Decía que le faltó contención afectiva.
–¿Usted cumplió ese rol?
–Sí, me contaba lo bueno y lo malo. Yo no lo juzgaba. Me decía que yo era la única persona que lo conocía como realmente era. La única persona que cuando llora lo acoge. A pesar de tener tanta gente alrededor, él se sentía muy solo. Pensaba que se le acercaban por plata, por pedirle algún favor.
–Jugó a ser su sicóloga.
–(Ríe) Yo le decía: tú eres mi caso especial. Contigo voy a hacer un doctorado. Me fui enamorando de su lado débil. Yo veía en él a un niñito triste.
–Todo lo contrario de lo que veían los demás en él.
–Conmigo, íntimamente, era como un niño. Pero cuando había que hacer algo ponía todas esas reglas.
–¿Qué reglas?
–Que no podía hablar con el jardinero, ni con el entrenador de los perros, lo tenían que hacer las nanas, porque era celoso.
–¿Cómo afectaron sus celos su vida social?
– Fui borrando todos los amigos que tenía. Si me llamaban, no contestaba. Cuando él llegaba a la casa, yo desconectaba los teléfonos. Me angustiaba mucho que alguien me llamara e inmediatamente me preguntara quién te llamó, qué te dijo. Pero, pese a todo, en nuestra intimidad lo pasábamos bien.
–¿Cómo administraban las platas?
–Me daba plata mensual, pero todo con boleta. Tenía que justificarla. Le hacía una rendición a la Myriam, su secretaria.
–¿No se sentía humillada?
–Sí, pero por otro lado él era súper buen papá con mis niños, siempre preocupado de que no les faltara nada y de conversarles de la vida. Conmigo, cuando no peleaba, era extremadamente cariñoso, de mucho contacto físico, besos y llamadas. Teníamos momentos tan buenos, que haces vista gorda de muchas cosas y no te vas dando cuenta cómo con el tiempo la Vero de 1998 se transformó en la Vero del año pasado, y en la Vero que todavía queda.
LOS CELOS FUERON una constante durante los diez años de relación con los que Verónica aprendió a convivir. Sin embargo, una pequeña mentira –por miedo, dice ella, le negó haber visitado a un tarotista, pero Rocha encontró la boleta en la basura– desató en él una espiral de reacciones violentas, incontrolables. "Todo esto empezó en julio con lo del tarotista. Fue a amenazarlo. Y después también le dio con el terapeuta que tenía en esa época, Ricardo Capponi. Le pegó".
–¿Por qué?
–Se fue poniendo celoso de que yo le contara cosas íntimas a Capponi que no le podía contar a él. En el psicoanálisis hay confidencialidad mutua. El paciente tampoco puede contar, porque las cosas fuera de contexto... (calla unos segundos)... bueno, las cosas que le conté a Gerardo las tomó mal y fuera de contexto.
–¿Cómo la obligó a contarle?
–Me interrogaba, me preguntaba, me preguntaba, me preguntaba. Al principio bien, luego se enojaba. Yo trataba de sacarle sonrisas, pero insistía.
–¿Fue un interrogatorio o era más coercitivo?
–Con el tarotista fue más... ¿violento dices tú?
–Sí.
–Sí. Y ésa fue la primera vez que tomé pastillas, (el año pasado, Verónica trató de suicidarse tres veces).
Fue en uno de esos interrogatorios que ella le contó de la relación que había tenido a principios de los 90 con Jaime Oliva, confesión que lo sacó de quicio. Contrató entonces los servicios del espía Dante Yutronic para que la vigilara y éste le proporcionó un video donde el martillero aparecía junto a una mujer rubia.
–Aclaremos: ¿tuvo una relación sentimental con Oliva?
–No, fue una relación de abuso sexual.
–¿A la fuerza?
–La primera vez que tuve una relación con él, sí.
–¿Dónde fue?
–En un departamento en Merced. Él había dicho que me iba a dar un trabajo como corredora de propiedades y me llevó a un departamento chiquitito. Pero no quiero hablar de eso, me bloqueo. Es que yo lo tomaba como algo menos grave de lo que fue y Gerardo me decía: no es así como lo tomas, es algo grave.
–¿La relación tenía que ver con sus estudios? Él había puesto cheques para su universidad.
–Claro... Yo no tengo un mal recuerdo de él y eso le molestaba mucho a Gerardo. Pasó lo que pasó en esa oportunidad, pero él me pidió perdón, y lo perdoné. Sé que eso es patológico en cierto sentido. Él (Oliva) era una persona alegre. La imagen que yo tenía de Oliva no era la imagen que Gerardo se hizo de él.
–Decía que era un proxeneta.
–Eso decía Gerardo. Mi sicóloga habló con él y le dijo que yo tenía el síndrome de Estocolmo, que necesitas ver a la persona que te ayuda como buena, y no te das cuenta de que estás en una situación de abuso.
–¿Cree en esa teoría?
–Sí, soy súper confiada con las personas, creo que yo también he promovido muchas situaciones, lo mismo de Gerardo. Si yo hubiera tenido una actitud más decidida, esto no hubiera seguido.
–¿Se imaginó una reacción así?
–No. Yo me empecé a asustar cuando comencé a ver los mails de Yutronic. Al principio dije me va a espiar pero no importa, porque mi vida era tan rutinaria que no va a encontrar nada. Pero entonces empecé a ver que él le escribía cosas como "no le crea a su señora".
–¿Qué responsabilidad le atribuye a Yutronic en este desenlace?
–Él fue quien movilizó toda esta paranoia de Gerardo. Este cuadro celotípico él lo fomentó con pistas falsas, como ese video en que no aparezco yo.
–¿Se arrepiente de haberle contado a Rocha de su relación con Oliva?
–Si yo hubiera sabido lo que iba a suceder... claro que me arrepiento. Muchos me culpan de haber hablado de más, pero yo creo que uno tiene derecho a hablar de más con su pareja, le puedes decir lo que quieras y eso no implica que vaya a cometer alguna acción.
–Dada su celopatía, ¿le contó para que la dejara tranquila?
–Fui presionada, muy presionada. Pero tengo recuerdos tan lindos de Gerardo que me cuesta recordar los momentos difíciles. Los tengo presentes, pero no me gusta escarbar. Pero con todos estos episodios violentos que empezaron a ocurrir, caí en autoagresión.
–¿Sus tres suicidios fueron viables o llamados de atención?
–Viables. No sé como estoy viva acá conversando contigo.
–Usted es sicóloga, ¿por qué no manejó la situación?
–Yo sabía que estaba con alguien enfermo al lado. Pucha que pedí ayuda, a la sicóloga, a los siquiatras, y hay mucha gente que no quiere ver que una persona así, con tanto nivel de éxito, esté enferma. Pedí ayuda, pero nadie me escuchó.
–¿Quiénes no la escucharon?
–La familia de él sabía. Siempre negaron esta parte de Gerardo y no la quisieron ver, excepto el papá que lo retó muchas veces. El siquiatra que lo veía debió haber tomado medidas más concretas, una internación. Incluso tuvimos cuatro intervenciones de pareja. El terapeuta dijo: si no se dan las condiciones básicas yo no puedo trabajar con ustedes. Que usted no la denigre más y usted sea híper transparente, que de hecho lo era. Nos dijo: yo acá veo dos escenarios, la cárcel o la morgue, porque yo venía saliendo de un intento de suicidio.
–¿La muerta iba a ser usted?
–Claro. Yo estaba cargando con todo. De hecho una de las condiciones que yo le puse para volver (se había ido del departamento con sus hijos) es que yo escondería las balas, porque él manejaba una pistola en el velador.
–¿Temió por su vida?
-Sí, temí. Cuando la compró pensé que no le iban a dar el permiso porque se supone que hacen un examen sicológico, pero a él no se lo hicieron.
–Como sicóloga, ¿qué le diagnosticaba?
–Era muy cercano a lo que dijo el doctor Gustavo Adolfo Murillo (siquiatra que años atrás le hizo un peritaje judicial, donde le declaró una sicosis paranoide). Gerardo me mostró ese informe y tenía muchas de las conductas que yo veía, pero yo pensé que estaba un poco exagerado.
RECUERDA, AL BORDE de las lágrimas, el último episodio de violencia. Fue el 23 de diciembre, cuando llegó de noche a despertarla para que viera uno de los videos que le había entregado Yutronic. "Le dije que no quería saber nada y discutimos, hubo agresiones, me escondí. Se fue y volvió la mañana siguiente (el día de Navidad) y siguió con lo mismo. Me fui a la pieza de la nana, le dije a la otra nana que encerrara a los niños. Llamé a Carabineros, llegó el hermano de Gerardo con su señora. Ahí se puso a llorar, con ese llaaanto... Me dijo que haría lo que yo quisiera. Fuimos a ver a su siquiatra (Ramón Florenzano) que vive acá cerca, le conté que Gerardo me había agredido. Le dio un calmante. Le dijo que no se estaba tomando los remedios. Le dio las recetas y aumentó las dosis".
Pese a todo, Verónica recuerda que ésa fue una Navidad tranquila. "Le hice una comida que le gustó, abrió los regalos con los niños, le armó el auto al Esteban". Esa noche también rompieron los videos de Yutronic. Nunca los vio. "Yo le decía siempre: tenemos todo para ser felices, por qué no podemos disfrutar de nuestro amor. Él me dijo: Yo fui completamente feliz contigo hasta el tarotista". Verónica siente lo mismo: "El último período que viví con Gerardo, de julio a diciembre, fue un infierno. Eso nunca lo había vivido con él".
Con todo, durante enero y febrero la vida de los Rocha Espinoza fue agradable, cuenta Verónica. A pedido de ella, Rocha no volvió a tocar más el tema de Oliva ni de Yutronic. Ella estaba aliviada, sin embargo notó que se puso raro, más introvertido y callado. Se fueron de vacaciones a Concón. Lo pasaron bien, fueron al cine con los niños, a la playa. La noche de 20 de febrero, una antes del crimen, sin embargo, se puso nervioso, la insultó y se fue del departamento donde veraneaban. "Probablemente le había llegado un mail de Yutronic", dice Verónica. Pero a los minutos volvió. Salieron a la terraza a conversar. "Fue tan lindo, nos sentamos a la luz de las estrellas y me pidió perdón. Me dijo que me amaba y me prometió que íbamos a estar juntos para siempre (se quiebra), y de alguna manera lo cumplió, porque igual lo siento presente".
Veinticuatro horas después, se enteró de que Rocha estaba quemado. "Fue como una película".
Mientras agonizaba en la Clínica Indisa, él no podía hablar, cuenta. "Contestaba con la cabeza o con los ojos. Yo le pregunté cosas concretas del futuro".
–¿Le habló del crimen?
–No, nunca me atreví, pero le dije que la del video no era yo y se puso contento. Le dije, viste, tienes que confiar en mí. Veía que se iba recuperando. Nunca pensé que se iba a morir.
Guarda silencio. "Ahora les digo a los niños que tienen un papá invisible, mágico y que cuando tengan un problema hablen con él".
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